viernes, 1 de junio de 2007

El regreso a Macondo

Para celebrar el cumpleaños 40 de "Cien años de soledad", Gabriel García Márquez, acompañado de su esposa y de un grupo de 80 personas entre familiares y amigos, tomó un tren desde la ciudad de Santa Marta (la más antigua de Colombia) y realizó un recorrido de cuatro horas que culminó en su pueblo natal: Aracataca, lugar en el que se inspiró para crear el legendario Macondo. "Gabo", como le dicen en su país al escritor, fue recibido por una multitud de gente que quería tomarle una foto, recibir un autógrafo o simplemente verlo. El tren llevaba pintadas mariposas amarillas. Luego, Gabo y su esposa Mercedes se subieron a una carroza tirada por caballos y entre los gritos y saludos de la multitud recorrió las calles de su pueblo. Cuándo los periodistas le preguntaron qué le parecía el recibimiento, no pudo evitar hacer una broma: Yo esperaba más, pero está bien.

A García Márquez se lo conoce por su timidez insuperable. Así que al ver a la multitud que lo esperaba en la estación de Aracataca se limitó a decir: "Después dicen que yo inventé el realismo mágico, yo no inventé nada".

Cien años cumplió cuarenta



El 30 de mayo de 1967, la editorial Sudamericana publicó en Buenos Aires los primeros ejemplares de "Cien años de soledad". Durante 18 meses, Gabriel García Márquez se dedicó nada más que a escribir la novela mientras Mercedes, su esposa, se hizo cargo de la difícil situación económica y de la crianza de sus dos hijos menores. Al concluir la novela, los García Márquez estaban en la ruina, tanto así que no les alcanzaba el dinero para enviar los manuscritos a Buenos Aires. Tuvieron que enviar la novela en dos paquetes, para poder pagar el correo.


El escritor argentino Tomás Eloy Martínez, con motivo de los 40 años de publicación de esta novela, ha publicado un interesante artículo recordando aquella época que vivió de cerca con Gabriel y Mercedes. Aquí un fragmento:


El lunes 20 de agosto de hace cuarenta años, cuando llegué al hotel para llevar a García Márquez a la redacción de Primera Plana , donde lo esperaban cincuenta ejemplares de su novela para autografiar, noté que Mercedes estaba incómoda y le pregunté qué le pasaba.-Nada -dijo-. Ya he usado toda la ropa que traje. Cuando vuelva a Bogotá tendré que comprarme algo.-¿Por qué no compras acá? -le sugerí-. Es agosto y en todas partes hay liquidaciones de saldos.-No creo que nos alcance el efectivo que trajimos.Tanto ella como su marido son extremadamente pudorosos con el dinero. García Márquez no tenía un centavo para comer cuando vivía en París y estaba escribiendo La mala hora . Los amigos le ofrecían préstamos que él siempre rechazaba. Ese código familiar enaltece aún más los malabarismos que hizo Mercedes para mantener la casa sin acudir a nadie durante los dieciocho meses que duró la escritura de Cien años . Pero aquella tarde del día lunes 20 la situación era distinta.-La novela lleva vendidos ya once mil ejemplares -dije-. Al autor le corresponden unos setenta mil pesos. Podemos pedirle a la editorial que adelante parte de esa suma.Era una cifra enorme, más de veinticinco mil dólares. Desde el vestíbulo del hotel hablé por teléfono con el presidente de Sudamericana, Antonio López Llausás, y le expliqué lo que pasaba. -La novela sigue vendiéndose sin parar -me dijo-. Nunca hemos hecho antes un pago anticipado como éste. Dígale a García Márquez que mañana, apenas abran los bancos, le llevaré personalmente treinta mil pesos y dos o tres mil dólares.Subí a contárselo a Gabriel. Lo hice con discreción, para no afrontar el enojo de Mercedes.-Dile que me lo traiga en billetes pequeños -se obstinó el autor.-¿Para qué pequeños?-Nomás eso dile. Billetes de cien y de cincuenta pesos, dólares de veinte y de diez.-Es un bulto enorme -observé-. López Llausás tendrá que pedir ayuda.A la mañana siguiente, el presidente de Sudamericana y un asistente llegaron al hotel con dos maletines repletos.-Hágame el favor, don Antonio -dijo García Márquez-. ¿Puede arrojar todos los billetes sobre la cama?Se formó una parva alta de varios colores. Si alguien abría las ventanas, los papeles podían salir volando. El escritor tomó un puñado, seis a ocho mil pesos, lo puso sobre la bandeja del desayuno, retiró una rosa del florero y, con una reverencia, se lo ofreció a Mercedes.-Para que te compres toda la ropa que quieras - dijo-. Si ves algo que te gusta y no puedes pagarlo, vuelve para decírmelo. Puedo escribir otra novela, y ésa va a ser mejor que Cien años de soledad.
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